domingo, 10 de agosto de 2014

Una lluvia de rosas

          Suenan aquellas campanas en mi cabeza, aquella ligera alarma que me advierte aquel momento en el que pierdo un poco de mi, y mi tranquilidad se acaba con cada pitido. El aire se congela en ese momento, y no entiendo mi alrededor. Paro un segundo, miro a mis costados y sigo sin poder concentrarme en donde estoy. Mi visión esta borrosa y el humo de la habitación cerrada solo me confunde más y más. No puedo sentir, no puedo respirar, el único sentimiento esta en mi pecho, y a cada latido que surge de el, un poco más de mi se desvanece. Una mano me toca la mejilla, se mueve de un extremo de mi cara, pasando su suave piel de un costado a otro, sin separarla ni un segundo. Me agarra la barbilla y me mueve hacía su centro. Intento concentrarme, pero sigo ido y no logro distinguirla. La mano se separa de mi rostro. El tiempo vuelve a morir y caigo derrotado. Un alboroto se arma en mi cabeza. He perdido por hoy. 
      Danzo al ritmo de las gotas, aquel calor insoportable solo se convierte en una cálida ayuda para poder despertarme un poco, y me siento más perdido que nunca, muchos sentimientos a mi alrededor, muchos pensamientos en una sola sala. Siento como vuelan alrededor mió, como un humo que te atrapa y no te deja respirar, pero al final dejas que se mezcle contigo, y terminas sumido en ese mar del que no puedes escapar. Una pepa, su efecto se extiende, sientes en tu cuerpo aquella sensación. Hoy no serás tu. Hoy lo olvidarás. Hoy serás feliz.
      Aquel llamado de auto destrucción se encuentra en mi puerta. Las campanas suenan más duro. Bailo, bailo, bailo, y mi cuerpo se agota. Una mano encuentra la mía en el aire. Es aquella suavidad conocida. Aquel rostro fantasmal que no logro encontrar en mi base de datos. Ella está de espaldas y su perfume me inunda, y me despeja el humo de mi cabeza alborotada y caliente. El campanero ha muerto. Sigo sin ver su rostro, pero a veces no hay necesidad. Danza a mi ritmo, me acaricia de vez en cuanto, puedo sentir su energía en cada movimiento que hace, y escucho una risa picara que me despierta curiosidad. Le doy la vuelta: quiero ver quien es mi invitada de honor. Un mordisco en el cuello es lo que recibo. Hoy nadie es quien es afuera. Hoy el manicomio se dio a la fuga, y los locos buscan compañía. Se agarra de mi cuello, dejando que su rostro dé directamente a mi oído. Se aprieta conmigo. Despliega sensualidad en cada una de sus acciones. Aquel sentimiento de soledad se muere lentamente, y un fuego interno quema en mi como un tromba. Busco su rostro con los ojos cerrados, no quiero arruinar la sorpresa de la noche. Me sopla los labios sin dejar de moverse. Su respiración me enloquece, y las demás almas alrededor mió corean al unisono en mi cabeza. Se separa de mí, como advirtiéndome que no es el momento. Mis demonios se relajan en cuanto ella me sopla el humo de tabaco en la cara. Estoy desprevenido. La leona ataca. 
     Todo su ser quema, y despierta ese sentimiento muerto en mí. Las gotas, la música, las drogas que me botan al piso inmediatamente, el alcohol en cada milímetro de mi cuerpo, todo eso cae en mis hombros en un solo segundo, en aquel segundo en el que ella comparte su humo conmigo. Dejo de sentir aquel horrendo sentimiento en mi corazón, y por fin me entiendo, como un puzzle recién resuelto. Todas aquellas veces en que sentí que me moría por alguna chica que pronto me rompería en pedazos no era más que ese sentimiento de soledad que esta noche explotó. No he querido tanto a éstas chicas como lo pensé, solo me sentía solo, y esa soledad hoy se desvanecía en la respiración de ella. 
     Una palmada en la mejilla, una caricia de lado a lado, y se alejo de la misma forma de que llegó: sin dejar pista alguna de ella. Un crimen perfecto. Se pierde en la multitud y todos se ponen su mascara de nuevo. Estoy hipnotizado por la forma de las luces que se reunen otra vez en la realidad. La noche se desangra, y yo lo siento, pero en la ventana solo puedo ver una lluvia de rosas. 

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